lunes, 23 de agosto de 2010

El discreto encanto de nuestra burguesía

El espíritu de nuestro tiempo, criado bajo el más totalizante y chato hedonismo no puede entender –y por eso no hace suya- la necesidad del padecimiento, del tránsito en el desierto, de vivir la derrota, del saber gustar la acrimonia con que a veces se nos presenta la vida, de acariciar su dureza constitutiva y ejercer el recogimiento al que invita la noche oscura del alma. Ante eso nosotros siempre preferimos huir hacia lo soft, lo cool, lo edulcorado, forzar hasta lo absurdo y ridículo el happy end.

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Del mismo modo, la necesidad de una expresividad extrema, casi constitutiva de nuestro ser (el uso y abuso de teléfonos celulares, computadoras, el amplio espacio de los medios de comunicación son rasgos importantes de este goce devorador de comunicarse, de estar conectado, de hacerse notar) ha acallado el momento del silencio, de la mudez, del alejarse por momentos del parloteo infinito y tratar de escucharse en la intimidad, palpar lo que tenemos que decirnos y lo que dice el mundo a través de nosotros. Pascal tenía parte de la respuesta: seguramente no vamos a soportar lo que se nos aparece que es la muerte y nuestra condición de absoluta menesterosidad y finitud.

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Coquelin: ¿Qué es lo bello?
Oscar Wilde: Lo que el burgués llama feo.
Coquelin: ¿Y que es lo que el burgués llama bello?
Wilde: Eso no existe.


La cultura burguesa –y en especial nuestra burguesía y pequeña burguesía criolla- no puede tener la experiencia de la belleza ni, en consecuencia, intentar vivir bellamente, porque solo gusta de lo bonito, lo iluminado, de la melodía graciosa y sobre todo la novedad de oropel. No hace suya la necesidad del equilibrio con la oscuridad, el horror, el tempo cansino, el pararse ante el abismal misterio de lo real. Igual que lo meramente bonito, lo grotesco, no el horror sino lo horrible, la música violenta y brutal (pienso en el reaggetón), la sordidez, tienen un espacio aparte en sus vidas, aislado sin vasos comunicantes con lo anterior, del cual se entra y sale como de la casa del horror de la feria, que se disfruta, pero que está desconectado de la vida como la feria fuera de la ciudad.

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Si no fuese tan natural debería llenarnos de asombro y tristeza la pobreza espiritual de nuestras actuales clases más o menos pudientes. Su falta de cultura, de formación amplia, universal, su gusto ramplón y por tanto sus costumbres tan chatas y, no menos importante, su cobardía política y falta de un ethos.

Por referencia a la cultura basten un par de ejemplos. Con el copamiento de los museos públicos, bibliotecas, teatros por las grises y chabacanas propuestas chavista no se ve ninguna iniciativa -a no ser por minúsculas gestos de grupos que para nada encarnan el sentir general- de crear alternativas a esos espacios para sí mismos. La respuesta es simple: no les hace falta. Basta preguntarse cuáles son sus logros en la cultura, cuál es su “consumo” cultural. Otra vitrina de su estulticia son las Universidades. Las privadas son en general centros de formación de cuadros técnicos para empresas y negocios y para nada lugares de formación de un espíritu vigoroso en todas las áreas de la cultura, de generoso mecenazgo de algo distinto a la administración, derecho y economía (ojalá fuésemos más pitiyanquis en esto y siguiéramos el ejemplo de la Universidades privadas norteamericanas) y, por otra parte, las Universidades públicas languidecen arrinconadas vilmente por el gobierno sin importarles mayor cosa más allá de cierto tráfico politiquero de corto alcance.

Respecto a lo segundo, lo que podríamos llamar sus "virtudes" republicanas, el panorama tal vez es peor. Cómo en lo anterior, excepto en poquísimos casos, este sector social encerrado en sí mismo por el terror neurótico, impotente, le ha dado la espalda al país, ha perdido la apuesta cívica, el honrarse con el servicio público, reconocer la necesidad de involucrarse y ejercer lo político. Contrasta con la actitud de esas mismas clases de cuarenta, cincuenta o sesenta años atrás que construyeron un país (desde el establishment o contra él), que se tomaron el riesgo de enfrentarse a la dictadura y posteriormente, en la naciente democracia, se fueron a la guerra (una guerra de verdad) o se quedaron a defender el modelo político que habían construido, lo que no es menos valiente. Al enajenarse de esa manera no extraña que la única salida que perciban es irse del país, lo que no deja de tener, por cierto, muchísima justificación. En todo caso, volver a recuperar ese lugar, hacer vida en este país, en el sentido más amplio y generoso llevará mucho tiempo, esfuerzo y, seguramente, que vengan otros distintos a estas dos generaciones ahogadas en su propia impotencia y mezquindad.

Nota Bene: mal pensaría algún lector distraído que estas líneas pudieran usarse al lado de la verborragia chavista contra "la oligarquía", nada más alejado de nuestra intención. A buena parte del chavismo de clase media y su ricachones les queda el triste papel no de ser la antítesis de lo descrito anteriormente, sino tal vez su culminación más extrema.

domingo, 15 de febrero de 2009

Tres momentos de la izquierda derechizada

Prefiero al jefe de un ejército de ocupación extranjero en la presidencia de la República que a Hugo Chávez

Angela Zago



Que Chávez ha enloquecido este país se muestra en como a algunos la brújula política se les ha extraviado. No se trata ya de la crítica directa hacia el gobierno sino de actitudes y opiniones que si no muestran rasgos de la derecha dura –démosle el beneficio de la duda- al menos evidencian un grave garete político, que impide separar el grano de los motivos de una izquierda decente de la paja de la derecha de uña en rabo

Lo menos que deseo aquí es defender al gobierno y a su timonel. Bastante hay que criticarles y hay que hacerlo ferozmente, aunque mis críticas apunten a otro lado que es radicalmente distinto del que se trasiega en los medios de la oposición. Quiero más bien llamar la atención sobre ese extraño e infantil giro de “si es lo que dice Chávez, entonces la cosa va por el otro lado” de mucha de la izquierda bienpensante. Me permito poner dos ejemplos concretos y una, llamémosla así, alegoría. Los dos primeros ilustran lo que quiero decir y el tercero honra lo que creo es una actitud opositora, pero clara en su perfil de avanzada. Los dos tienen como protagonistas no a opositores histérico de esos que sin el menor disimulo sueltan cualquier insulto racista contra Chávez o sus seguidores, como sucede en esa fétida cloaca que es Noticiero Digital en la que minuto a minuto se destila lo peor de la miasma del pensamiento de la oposición, de esa gente-bien,-clase-media-como-uno. Al contrario, los personajes que uso para ilustrar mi idea pasan por ser faros de los sectores más progre de la política venezolana. Tampoco pretendo hacer un sesudo análisis de su estructura ideológica-política, sino mostrar tres pinceladas de un tipo de conducta que a ratos me disgusta y la mayoría de las veces me parece vergonzante.

El primero es Teodoro Petkoff en su editorial de Tal Cual del jueves 12 de febrero Chávez y la Sinagoga. Después de reconocer tímidamente que ese hecho vil y despreciable no fue realizado por agentes del gobierno, sino más bien por malandros del entorno de seguridad del templo, acusa sin embargo, de autor intelectual o inspirador a Chávez por sus ataques antisemitas. A ese gran bocazas que es Chávez más de una vez se le ha escapado lugares propios del antisemitismo. Mal que bien ha tratado después de enmendarlos (en esa tónica ocurrió el encuentro con el Congreso Judío Mundial) y la cosa se ha suavizado, no porque yo lo diga, sino porque los agraviados han aceptado, mal que bien, las disculpas. Puede que haya algo de lo que dice Teodoro, pero me pregunto -sin que se asome por ello en ninguna parte la más leve sospecha de justificación- si la barbarie hecha por el estado sionista de Israel en Gaza no puede ser un propulsor (como lo llaman los psicólogos) más poderoso de esa acción delincuencial. Lo que ha dicho Chávez es grave, pero lo que ha hecho y continúa haciendo el estado de Israel contra el pueblo palestino es más terrible y sin embargo, sobre eso Petkoff parece no hacer la más leve asociación. Elegir esa sola respuesta, sin considerar la segunda habla más del que las pondera que del peso específico de cada una, nos muestra elocuentemente la posición de Teodoro.

En el mismo Tal Cual pero del lunes 09 de febrero, en sus Distopías titulado Red Bull con Anís, Ibsen Martínez cae, sin prurito alguno, en el fácil expediente de describir a los chavistas, ahora pesuvecos, como “feligreses a sueldo y de empleados públicos nariceados” que pasan los mítines a punta de un brebaje infernal de Red Bull con anís, solo tragable por los susodichos, no por la gente-bien,-clase-media-como-uno. No me es difícil recordar a una Colomina, a las 5:30 de la mañana en el canal diez, vociferando las lindezas de que los chavistas eran hordas de delincuentes borrachos ¡Martínez, lo mismo que dice la derecha más desaforada! ¡Por dios un poco de respeto por un grupo político de al menos unos cinco millones de personas! ¿no es meter en un solo saco denigrante e insultante a ese inmenso gentío? Eso de la generalización es una de las puertas de entrada al fascismo: ¿recuerdas lo de que todos los colombianos son ladrones en los años 80? ¿o el tema del programita de la licenciada Beatriz de Majo acerca de la flojera y manganzonería propia del venezolano? ¿No es acaso uno de los trabajos de los intelectuales distinguir un poco, hilar fino? De nuevo el discurso antichavista se convierte en el pretexto de un pensamiento de derecha sin embozo, y eso que quien lo escribe afirma ahí mismo que “no solo soy un demócrata, sino que tengo la sangre razonablemente liviana” ¿has leído Ibsen aquello de Sartre de que nuestras almas bellas son racistas?

El tercero, pero ahora afirmativo, supondría traicionar la cálida privacidad de una reunión por demás grata en casa de un amigo, por ello será solo una vaga evocación. Se discutía ahí, en el 2006, entre buenos amigos que además son, a mi parecer, de lo más alto de las humanidades en este país, sobre las elecciones de México. Casi todos estaban fundamentalmente contra López-Obrador porque era algo así como el Chávez de México. “Calderón es más serio, no es el demagogo populista de López-Obrador” se decía palabras más o menos. Un historiador, antichavista como ninguno, y hombre de izquierda con sensatez política ripostó diciendo que había que tener cuidado con el PAN, que esa gente es lo más reaccionario de México, que son la herencia de los Cristeros. Lo mismo que sucedía –recordaba- con el PP de España, eso no era ninguna derecha así no más, sino era la quintaesencia del franquismo. En dos platos, que por ser antichavista no se debía caer en la tentación de coquetear con las posiciones de la extrema derecha.

Ahí pude ver un compañero de rumbo que sin amainar la virulencia de sus ataques al proceso, mantuvo sin embargo definido su perfil, sin olvidar quién es quién, lo que es imprescindible para saber quién es uno mismo. Se trata de estar más centrado pero en la izquierda, por supuesto.

domingo, 18 de enero de 2009

Gaza: La muerte del Mundo

Erik del Bufalo buen amigo, ha escrito este texto de una lucidez estremecedora que apoyándose en el horror de Gaza quiere, más que mostrar, poner(nos)en evidencia para contemplar no a dónde nos están llevando sino, más bien, a dónde nos estamos dejando llevar.


Parece una paradoja, pero los argumentos oficiales de Israel para aniquilar a los habitantes de Gaza justifican de retruque la existencia del Gueto de Varsovia. Alguien en la Knéset debería darse cuenta de esta verdad auto evidente ¿Los nazis, acaso, no se defendían "preventivamente" del peligro que "representaba" la resistencia judía? ¿Puedo yo caerle a patadas a un parapléjico postrado en su silla de ruedas, so pretexto de que éste "haría lo mismo" si no fuese parapléjico? Estas son las aberraciones lógicas y éticas que la propaganda sionista nos obliga a pensar. Ya sólo por estas "explicaciones", la situación palestina es insoportable e indigna para cualquier tipo de inteligencia. Cada vez que el Estado de Israel "explica" sus "razones" el mundo entero es insultado en lo que le queda de su facultad de pensar.

Pero como si esto fuera poco, en medio de esta inacción mundial ante lo obvio, aparece por todas partes el murmullo de una extraña pregunta: "¿Cómo puede ser tan inicua la víctima perpetua?" El cálculo del mal es imposible, pero el sionismo hace tiempo que lo resolvió con un ingenioso silogismo: "Nosotros fuimos la víctimas del mal absoluto (el Holocausto), por más daño que infrinjamos a un pueblo inocente nunca será tan horrible como lo que sufrimos nosotros; luego, tenemos el legítimo derecho de arrasar con los palestinos (la Nakba)." Según estas cuentas, dignas de un personaje shakespeariano como Shylock, el mundo entero no puede reclamarle la "módica" cuenta de la Nakba a Israel ya que le adeuda la cuenta infinita del Holocausto.

De allí la culpa impagable. O, más bien, una doble culpa que no se puede expiar y que impide tomar una decisión justa. La triste moral del liberalismo romántico de nuestros tiempos es que todo se hace para que nada digno pueda crearse. Tampoco una carreta se mueve si es tirada por dos caballos que miran en sentido contrario: "me siento culpable por los judíos como me siento culpable por los palestinos, por ello no puedo hacer nada, sino un llamado a las partes en conflicto", concluye el atribulado espíritu "comprometido" de la supuesta comunidad internacional. No se entiende otra explicación, pues, como observa Jean Bricmont en un excelente artículo, no existe ninguna razón táctica ni estratégica de este orden mundial capitalista que deba ceder por fines geopolíticos o económicos al atroz castigo de Israel a la población civil de Gaza.[1] De hecho, al capitalismo mundial le conviene más venderle hamburguesas a los niños palestinos que dejar al sionismo hacer de ellos carne molida.

Entonces, ¿qué chocante secreto encubre esta inacción del mundo ante el dolor de Gaza? ¿Por qué todas las cadenas trasnacionales de la información nos muestran este horror con tanto entusiasmo? ¿Qué se nos está queriendo vender? Para no darle la razón a todos aquellos paranoicos que defiende la autenticidad de los Protocolos de los Sabios de Sión, los gobernantes de Israel nos obligan a tratar de explicar por ellos lo inexplicable.

Postrados, vemos el bombardeo inclemente del mayor campo de exterminio del planeta. Mientras debemos escuchar al cinismo, ya fuera de sus goznes, perorar incansable sobre el "derecho a la autodefensa" y la "lucha contra el terrorismo". Estos argumentos son irrefutables. Son los dogmas de fe de un tiempo cuya única certeza es la estupidez. Nada tan imbécilmente argumentado tiene una respuesta lógica. Por ello no perderemos el tiempo con el "debatismo", tan inútil como maldito, de las maneras "políticamente correctas" de esta época oscura. La masacre de Gaza, la matanza de niños y mujeres, el castigo inclemente a las escuelas, hospitales y hasta los centros de refugiados amparados por la cómplice ONU, sobrepasa cualquier ámbito moral del discurso. Israel ha caído fuera de toda esfera moral y hablar de lo que este Estado – supuesto obsequio de la humanidad al pueblo judío– realiza impunemente implica también el uso de un entendimiento que sobrepase todo chantaje moralista.

Se nos quiere vender el horror. Así se compra luego a buen precio la pasividad del orbe. Es un juego especulativo más fraudulento que los negocios de Madoff. Asistimos al negocio sucio entre dos clases de infames. Por un lado la matanza en Gaza y por otro el desfile de muertos vivientes, zombis inanes, esperpentos cretinos, autómatas movidos por una mano invisible en que se han convertido los lideres políticos y la gran prensa del mundo "desarrollado". El estado actual del discurso mediático y político supone un nivel de embrutecimiento y languidez que presagian a corto plazo el advenimiento del más horrible de los despotismos que haya hasta ahora conocido la humanidad: El reino de la impotencia total.

Lo que demuestra Gaza, después de Iraq, es esencialmente que las democracias capitalistas han llegado a la apoteosis de su proyecto secular: asimilar la libertad humana a la impotencia liberal. Mientras sólo cinco o seis malparidos disfrutan de un poder de decisión que ni faraón ni rey persa ni soberano absolutista alguno se imaginó capaz de tener para sí.

Erst Jünger decía que al hombre había que dejarle siempre una salida. El marasmo asesino se ha consolidado en un orden mundial absolutamente asfixiante y sin salidas. Todo se ha vuelto mentira, inacción, retórica maldiciente y burocracia. La política ha muerto en occidente y sólo queda la administración de los restos de una civilización que ha perdido todo sentido vital de justicia. La crueldad llegó a su nivel máximo de abstracción y la mortificación humana ha encontrado en este siglo que comienza zonas seguras, bien administradas, de aniquilamiento. En Gaza, la destrucción de los cuerpos; en el resto del mundo, la pérdida del alma: Una y otra muerte son complementarias, una se hace en favor de la otra. Por ello, a diferencia de los nazis, las barbaridades que cometen hoy los sionistas no son secretas, pero se difunden por todos los medios posibles. Los nazis mataban en cámaras oscuras, casi clandestinas, esperando que su imagen de hombre superior no fuera manchada por la ignominia. Los sionistas matan a propósito ante las cámaras de televisión, para que todos veamos y nos sintamos inferiores. ¡Hasta se ufanan de ello y proponen en público lanzar bombas atómicas!

Estamos en presencia del más funesto de los terrores: el miedo proyectado siempre en el rostro del otro, el peligro sin causas aparentes, la amenaza que nunca termina de cruzar la puerta de nuestras casas. Vivimos tranquilos esperando no toparnos con la imagen del horror sobre el semblante del prójimo. Lahcen Ikassrien, ex prisionero de Guantánamo, confesaba que la peor de las torturas que sufrió fue presenciar el suplicio de algún compañero, aguardando con impotencia su eventual tortura; la cual a veces no llegaba porque ya no hacía falta.[2] Este es el nuevo imperativo del poder: "Anonado a tu amigo ante ti para que tú te paralices de terror, y te sometas a mi máquina infame de dominación, sin necesidad de que pierdas la salud." A los palestinos los torturan para someter al resto del mundo. Ese y no otro es el Summun del terrorismo. Este es el nuevo despotismo nihilista que emerge en el horizonte de la nueva era. Ante esto, el fascismo histórico queda, como lo afirmaba Deleuze, como un simple hecho del folklore europeo. El orden actual de las cosas prefiere la muerte del mundo antes que su propia muerte. Y esa muerte nos atormentará por mucho tiempo antes de que le toque a cualquiera de nosotros. Es la cercanía del cadáver descuartizado de un niño que vive lejos.

Un nuevo orden de gobierno ha comenzado a develarse. Es un orden que se revela implacable si prendes un cigarrillo en un aeropuerto, mas aplaude la acción impúdica de todos los genocidas de la democracia liberal. El proyecto para matarnos a todos está en marcha. Pero no moriremos de una manera cualquiera. Se trata de una forma de muerte muy específica en la cual no necesariamente perderemos la "salud": la muerte de la voluntad, la muerte en vida, la muerte de la dignidad humana, mientras, saludables, presenciamos impotentes el triste devenir de las cosas en un televisor y tomamos el asqueroso café de Starbucks, después de hacer nuestras compras de rebajas, en sitios "libre de humo".

Adorno esperaba que después del 45 la poesía muriera para siempre. Pero los palestinos aún hacen sus poemas. Por eso quizá también destrozan sus cuerpos, pues ellos, a diferencia de gran parte del mundo, no conocen la muerte moral. La verdadera muerte es permanecer impasible ante el espectáculo de ver sufrir al otro sólo porque existe. Quizá el camino hacia esta muerte ha cruzado un umbral irreversible, o quizá aún podemos liberarnos de un temor sin límites y de la esclavitud perpetua. Quizá todavía quede un punto de hombre en todos nosotros. Quizá si exista el juicio final. Quizá hay otro mundo posible después de este mundo enfermo y caduco. Quizá las campanas del Apocalipsis sean de fósforo blanco.

Notas:

[1] Jean Bricmont, Trois idées simples pour mettre fin au soutien politique aux crimes israéliens en http://www.voltairenet.org/article158980.html

[2] http://www.kaosenlared.net/noticia/video-testimonio-lahcen-ikassrien-ex-preso-guantanamo

Erik Del Bufalo: Doctor en Filosofía (2000); M.A. (1996) Universidad de Paris X; Lic. en Filosofía (1995) Universidad Central de Venezuela. Actualmente es profesor de posgrado en la Universidad Simón Bolívar, abarcando las áreas de investigación de antropología filosófica y ética contemporánea, filosofía francesa contemporánea, filosofía alemana contemporánea, estética.

domingo, 11 de enero de 2009

Correo de la hermana-hormiga




Decir algo ante el horror de la guerra se me iba haciendo cada vez más urgente. Compartí con mis amigos una noticia terrible y Kelly Martínez (Profesora de la Escuela de Artes de nuestra U. C. V) me respondió de una manera hermosa y desgarradora. A continuación van sus palabras que también son las mías (la noticia está en el link al final).


¡Maldita sea, Luis! Se me salen las lágrimas. Nada, nada le da derecho a Israel a este tipo de atrocidades. ¿Sabes? Soy el tipo de personas que intenta ser ecuánime con los conflictos políticos y no tomármelos como si fuesen un partido de fútbol (a la ligera). Conozco algo de la historia de Hamas y su constante utilización del pueblo palestino como escudo humano en Gaza, pero aún así nada, absolutamente nada, le da derecho a Israel a ésto.
A pesar de que no me gusta hablar de política, decidí escribirte en primerísimo lugar, porque la noticia me impactó mucho (tal vez la foto de los niñitos llorando, asustados) y en segundo lugar, porque eres un hombre cuyas ideas respeto. ¿Sabes lo que más me jode de todo ésto, Luis? Que al final, quien paga siempre es el pueblo. Los poderosos duermen bien. Cuando reviso la historia o al menos cuando intento hacerlo, es la única conclusión medianamente lúcida a la que siempre llego.
¿Qué puede hacerse, amigo? ¿Cómo puede uno revertir la historia y que nuestro futuro sea, tal vez, un poco más justo? A veces me siento tan ínfima, tan sola, tan poco capaz de hacer algo. Pasaron mis años de idealismo en los que creí que podría cambiar el mundo pero, aún así, no hay nada que me duela más que la impotencia de no poder hacer nada. Ahora creo que las revoluciones (aunque no me guste la palabra, es la única que se me ocurre) comienzan por casa...pero no es suficiente.
Veo este tipo de cosas y no logro entender, jamás lograré hacerlo, cómo puede el ser humano llegar a tanta crueldad. No bastan psicología, filosofía, poesía, nada para acercarme a una respuesta.
Perdón por la perorata, pero de verdad me afectó lo que mandaste. Más que cualquier noticia de las que he visto hasta ahora. No me gusta darme golpes de pecho por cosas que a veces no siento sólo porque ahora esté de moda el ser "políticamente correcto" (tal vez me equivoco y no es una moda, pero así lo siento)...pero esa foto me mató. Más que las de cadáveres y demás. No soporto que los niños sufran, no lo entiendo, no lo tolero, me revuelve el estómago.
Pero ya basta de lamentaciones. ¿Ya nació tu bebé? Ojalá podamos construir un mejor mundo para él. Tengo fe aún de que así será y desde mi minúsculo espacio de hormiga en el universo, prometo hacer lo posible porque así sea.

Un abrazo y nuevamente disculpa la descarga.

Kelly

http://www.un.org/spanish/News/fullstorynews.asp?newsID=14507&criteria1=Palestina&criteria2=Israel

lunes, 13 de octubre de 2008

Publicidad nuestra





Hay propagandas, sobre todo en televisión, que son más o menos “honestas”. Son aquellas que expresan su propósito de forma evidente como, por ejemplo, “si quieres tener dientes blancos compra la pasta X”, o “el banco Y te ofrece seguridad y rendimiento para tu dinero”. Pero hay otras que para vender cualquier cosa parece, en una primera mirada, que se salen del campo de su referencia inmediata y se apropian de rasgos fundamentales de la vida. El amor a los hijos, la felicidad, la esperanza en el futuro, la vitalidad de la juventud, son agua que mueve el molino del mercado. Tengo en mente la de una camioneta Ford en la que un tipo, de barba, cabellos más o menos descuidados, una suerte de profesor de “la sociedad de los poetas muertos”, da un discurso a unos graduandos en el que les recomienda ser arrojados, atrevidos, no convencionales, que se embriaguen de experiencias y termina sibilinamente diciéndoles que la comodidad no está en un lugar sino en el camino. El camino solitario por el que se puede transitar en una camioneta Ford por supuesto.

La molestia viene de este exceso que hemos señalado ¿cómo una simple propaganda de carro nos va a decir cómo vivir? ¿cómo la maternidad, el feliz desarrollo de un bebe está cifrado en un pañal? ¿la alegría de la fiesta en una cerveza? La vida, pensamos ingenuamente, no es eso ¿cómo nos la roban, la usan, la prostituyen de esa manera?

Esta legítima inquietud muestra, sin embargo, una mirada que no piensa, como todo pensamiento abstracto, el otro momento de la relación. El que la propaganda parezca invadir, entrometerse en la vida como algo ajeno es una falsedad. La vida se ha hecho también propaganda. Los jeans son los que hacen bella a la muchacha, un celular, como me dijo un estudiante, representa a quien lo lleva, la infancia son las películas de Walt Disney y el sentido de la vida lo muestra un carro. La vida no es una joven virginal amenazada por la perfidia del mercado, es la mujerzuela resabida que se vende a muy bajo precio. La conciencia se constituye a partir de la realidad, de modo que las formas del mercado, la lógica de la publicidad, están no en una exterioridad separada de la razón, sino también, fundamentalmente en nosotros y se reproducen a partir de nuestro pensamiento y actuar. El mercado funciona porque somos el mercado, el consumismo existe porque comprar necedades nos realiza. Una propaganda imbécil que pretende profundidad tiene sentido porque le damos cabida (lean los comentarios al video), porque nos describe y es reflejo de la chatura en que nos hemos convertido nosotros y la pacotilla que hemos hecho de la cultura y existencia humanas.

domingo, 16 de marzo de 2008

Una mirada desde la nada


¿Qué ventajas ves en inculcar a los hombres que una fuerza ciega decide su destino, que castiga por pura casualidad tanto la virtud como el pecado, y que su alma no es más que un débil aliento que se apaga en el umbral de su tumba?...
...Sólo un criminal despreciable ante si mismo, repugnante a los demás, puede creer que la Naturaleza no nos puede ofrecer nada más bello que la nada.

Robespierre
Discurso del Ser Supremo, fragmentos contra Fouché.

Si no fuera porque las etiquetas cada vez me incomodan más –esas conceptualizaciones demasiado cómodas, fáciles de usar y que la mayor parte de las veces nos disculpan de hacer el esfuerzo de pensar de una forma más rica ¡y claro, más difícil!, la realidad– estaría de acuerdo en aceptar que la película de los hermanos Coen No country for old men es un buen thriller.

No sé cuáles son las formas especificas del género más allá del suspenso, el héroe que lucha contra el villano, de las generosas dosis de peligro, crimen, violencia y horror. Ignoro de técnicas de narración cinematográfica pero me parece que esta película las cubre a cabalidad. Pero como toda gran obra esta no se limita a ser buena en un género, no propone una lectura única como sugeriría la etiqueta. Creo que una visión metafísica de raigambre trágica es un horizonte desde el que se articula la narración más evidente.

Ese horizonte es también thriller, es decir, nos produce emoción y sobre todo estremecimiento, pero no por la primera mirada –que de por sí lo hace magistralmente- sino por algo más profundo y fundamental que está en un segundo plano: lo absurdo, caótico, vacío y trágico de lo real. Concentrado en Chigurh, el personaje de Bardem, pero esparcido por toda la película, se nos hace patente que respecto a la realidad todas las previsiones, esfuerzos por comprenderla, controlarla, darle algún sentido, pedir justicia y finalmente, suprimirla -si es necesario- para lograr nuestra paz, bienestar y cordura, son estériles, limitados, apenas gestos en la arena que se esfuman rápidamente. Son construcciones desvencijadas y efímeras que intentar soportar de distintas maneras la aridez y desamparo del mundo, hecho metáfora en los desiertos donde se desarrolla la película.

Esa mirada trágica se expresa en el tratamiento que hacen los directores de la muerte. A través de la impasibilidad, la lógica absurda, la insana persistencia de un psicópata, nos recuerdan que la muerte es soberana en este mundo ¿no es acaso así? ¿No sabemos -y para vivir hacemos todos los esfuerzos por olvidarlo- qué siempre está a nuestro lado, qué no le podemos huir, qué ella pone la hora y el lugar para la cita definitiva, arreglada bajo la lógica del azar, qué poco a poco la vamos alimentando, qué no necesita de excusas ni justificaciones?

Aumentado e intensificado por la trama delincuencial, sabemos que el mundo mostrado por los directores es nuestro mundo, que el caos lo gobierna y la mayoría de las veces la violencia es su tono dominante. Qué todo, en especial la riqueza, el bienestar y la felicidad, son circunstanciales, frágiles, inasibles, apenas destellos -¡pero cuánto brillan, nos iluminan y enceguecen a veces!- contra el fondo oscuro de la nada.

Uno de los detalles magistrales de los hermanos Coen es la ausencia de una explicación o justificación trascendental: sea religiosa, mágica, estética e incluso teórica. El mundo se muestra plano, sin signos dados ni orden, en fin, sin certezas que acompañen y garanticen un final feliz o expliquen el dolor, simplemente no las hay, sólo contamos con las nuestras y sabemos cuán provisionales son. Pero, además, sin un lugar a donde mirar, buscando consuelo o refugio fuera de ese mundo, él es todo, es silencioso y nada más.

Los Coen muestran con virtuosismo, a través de los personajes, la posición ante ese mundo y la muerte: si lo encaramos, nos mentimos pretendiendo ignorarlo, nos hundimos en su portentoso torrente, dispuestos a ahogarnos con impúdico cinismo o ser concientes de ello y vivirlo, con cautela, en esa actitud de una lúcida aceptación aunque inconforme, no resignada, sin simpatías o pactos con él.

No es casual, que sea Bell (Tommy Lee Jones) un sheriff a punto de retirarse quién encarne esa mirada que muestra sorpresa, horror, desaliento, incomprensión y melancolía sin esperanzas, sin certezas y que encuentra consuelo en el old-time way y en la evanescencia de los sueños. Llewelyn (Josh Brolin) valiente, heroico, que infructuosamente tratará de enfrentar la realidad, parcialmente la sortea, pero finalmente sucumbirá a ella. Wells (Woody Harrelson) junto al absurdo ejecutivo de escritorio y otros que pretenden manejarla, controlarla y usarla a su interés. Los personajes anónimos como los traficantes o la mujer en la piscina, tan sumidos en ese caudal que apenas lo barruntan y, finalmente, Carla Jean (Kelly Mcdonald) con la frágil pero clara conciencia sobre el mundo, con la certeza trágica del triunfo de la muerte y proclamando, sin dramatismo, su crueldad, sinsentido e injusticia.

Los Coen nos proponen en su película distinguir entre la ficción y la realidad, pero esa distinción no pasa a través su excelente film y la realidad fuera de la sala de proyección, sino de nuestra feliz y amable visión ideológica contra la árida, terrible, a veces hermosa y acerada limpidez del mundo.

sábado, 6 de octubre de 2007

Prejuicios y principio de caridad

Una de las más importantes enseñanzas de la hermenéutica filosófica es que en la comprensión inevitablemente partimos de prejuicios. Estos son presupuestos con los que abordamos, por ejemplo, un texto o una conversación. La racionalidad pondrá en tensión esos prejuicios y a medida que avanzamos en la comprensión algunos de ellos encontrarán justificación y otros serán abandonados. Nunca partimos, como en ciertos “ideales” metodológicos de la ciencia, de un punto imparcial, purificado de todo prejuicio, aséptico… Ni llegamos a él. El final (no definitivo, sino parcial) es el resultado de haber confrontado nuestros prejuicios de partida mediante el diálogo que se ha generado con el otro (el autor o interlocutor). El resultado es que nos encontramos en una posición distinta a la inicial, ciertamente más enriquecida para nosotros y los otros. Ello es solo el principio de una nueva interpretación de un nuevo diálogo y así continuamente.
De modo que el prejuicio siempre está ahí, el asunto es cómo lo consideramos, si lo abrimos al diálogo racional o lo mantenemos impermeable e inamovible, si somos más o menos concientes de él o no lo percibimos, si asumimos que es un punto de partida y no de llegada.
El viernes 29 de septiembre tuve varias experiencias con los prejuicios, los míos y los de otros, en el comienzo del ciclo de conferencias que organiza el Vicerrectorado Académico acerca de la reforma constitucional. En las primeras de cambio se confirmó el primero que traía: iba ser un encuentro entre opositores donde se iban a reafirmar, dentro de casa, entre amigos - de nuevo, sí de nuevo – por qué la reforma es un esperpento, una mera estratagema, un engaño. Más de lo mismo. Con el detalle que no era una reunión de amigos sino un espacio académico, abarrotado de estudiantes y que, durante el tiempo que estuve, no escuché ninguna pregunta que se hicieran los sesudos exponentes a sí mismos, acerca de por qué mucha gente apoya esa reforma o por qué si, según un panelista, entre formas de gobierno (con sus respectivas constituciones) que tipificó como tiránicas, democrático sociales, o socialistas (democracias populares al estilo del socialismo real de la Unión Soviética), al menos por estos lados, la cosa parece más bien revuelta, entremezclada y donde el modelo de las democracias sociales ha fracasado tan estrepitosamente. Nada, sobre eso silencio.
Pero el prejuicio más nocivo, precisamente por impermeable e inconmovible, en el que se amurallan chavistas y opositores, cambiando de signos y de consignas, es la incomprensión de los otros. Según los prejuicios de la oposición, los que apoyan la reforma son tarifados, están “comiendo” en el gobierno, son corruptos, o en el mejor de los casos, creen con fe de carbonero en Chávez y lo que el dice es santa palabra o –pobrecitos- están embobados por ese encantador de serpientes. No se piensa que a lo mejor tienen razones comprensibles, argumentos que soportan sus creencias y que, a lo mejor, en muchos, no todo es la conveniencia más egoísta y vil, el compinchaje, o la fe de la manada en el líder. Del otro extremo, el pensar que cualquiera que pretenda el cambio de una coma en el proyecto de reforma, es sospechoso de traición, de reaccionario, cómplice de oscuros intereses, golpista, mal intencionado o, también en el mejor de los casos, engañado por las matrices mediáticas. Pero casi ninguna sospecha de que hay algunas razones nacidas de la propia cabeza (o de otros, pero pensadas como propias), que se asumen honestamente y que van desde el desacuerdo rotundo a la crítica de aspectos de la reforma con los que se disiente sin desmedro de otros acuerdos.
De la filosofía analítica nos viene una aproximación o comprensión de las ideas o creencias de los otros que se denomina “principio de caridad” según el cuál, a pesar de los posibles desacuerdos, debemos pensar que lo que dicen los otros está soportado por argumentos y que eventualmente, si nos parecen irracionales, a lo mejor es que no los comprendemos bien, no los entendemos aunque estén ahí. En fin, nos pide suponer que lo que el otro cree posee alguna racionalidad aunque no se nos haga patente de forma clara. Aunque este “principio de caridad” prima facie parezca una ingenuidad, examinándolo con cuidado no lo es tanto, veamos.
El problema es el de la generalización: al menos que pensemos que todos los opositores o chavistas son sacados del mismo molde, debemos aceptar que cada uno es distinto, de modo que si conocemos las ideas de uno o sus motivos, proyectarlas a todos parece más o menos abusivo. Por otra parte, no tenemos conocimiento de lo que piensan todos o grupos muy grandes (en nuestro país hablamos de unos cuantos millones de personas de lado y lado), así que decir que son de tal o cual manera, que actúan todos de la misma forma y bajo los mismos argumentos parece igualmente exagerado, por no decir estúpido e inmoral. Tal vez nos quede suponer que son como nosotros, que tienen razones aunque distintas a las nuestras, con las cuales toman decisiones y se comportan de cierta manera. Es un supuesto, pero acaso uno que garantice si bien no el acuerdo, sí al menos conocer las diferencias, argumentarlas y entenderlas. Solamente mediante un diálogo donde se intercambien argumentos de la forma más racional posible, podemos convertir al otro, no en el infierno que decía Sartre, sino en un igual, aunque distinto.