lunes, 13 de octubre de 2008

Publicidad nuestra





Hay propagandas, sobre todo en televisión, que son más o menos “honestas”. Son aquellas que expresan su propósito de forma evidente como, por ejemplo, “si quieres tener dientes blancos compra la pasta X”, o “el banco Y te ofrece seguridad y rendimiento para tu dinero”. Pero hay otras que para vender cualquier cosa parece, en una primera mirada, que se salen del campo de su referencia inmediata y se apropian de rasgos fundamentales de la vida. El amor a los hijos, la felicidad, la esperanza en el futuro, la vitalidad de la juventud, son agua que mueve el molino del mercado. Tengo en mente la de una camioneta Ford en la que un tipo, de barba, cabellos más o menos descuidados, una suerte de profesor de “la sociedad de los poetas muertos”, da un discurso a unos graduandos en el que les recomienda ser arrojados, atrevidos, no convencionales, que se embriaguen de experiencias y termina sibilinamente diciéndoles que la comodidad no está en un lugar sino en el camino. El camino solitario por el que se puede transitar en una camioneta Ford por supuesto.

La molestia viene de este exceso que hemos señalado ¿cómo una simple propaganda de carro nos va a decir cómo vivir? ¿cómo la maternidad, el feliz desarrollo de un bebe está cifrado en un pañal? ¿la alegría de la fiesta en una cerveza? La vida, pensamos ingenuamente, no es eso ¿cómo nos la roban, la usan, la prostituyen de esa manera?

Esta legítima inquietud muestra, sin embargo, una mirada que no piensa, como todo pensamiento abstracto, el otro momento de la relación. El que la propaganda parezca invadir, entrometerse en la vida como algo ajeno es una falsedad. La vida se ha hecho también propaganda. Los jeans son los que hacen bella a la muchacha, un celular, como me dijo un estudiante, representa a quien lo lleva, la infancia son las películas de Walt Disney y el sentido de la vida lo muestra un carro. La vida no es una joven virginal amenazada por la perfidia del mercado, es la mujerzuela resabida que se vende a muy bajo precio. La conciencia se constituye a partir de la realidad, de modo que las formas del mercado, la lógica de la publicidad, están no en una exterioridad separada de la razón, sino también, fundamentalmente en nosotros y se reproducen a partir de nuestro pensamiento y actuar. El mercado funciona porque somos el mercado, el consumismo existe porque comprar necedades nos realiza. Una propaganda imbécil que pretende profundidad tiene sentido porque le damos cabida (lean los comentarios al video), porque nos describe y es reflejo de la chatura en que nos hemos convertido nosotros y la pacotilla que hemos hecho de la cultura y existencia humanas.

domingo, 16 de marzo de 2008

Una mirada desde la nada


¿Qué ventajas ves en inculcar a los hombres que una fuerza ciega decide su destino, que castiga por pura casualidad tanto la virtud como el pecado, y que su alma no es más que un débil aliento que se apaga en el umbral de su tumba?...
...Sólo un criminal despreciable ante si mismo, repugnante a los demás, puede creer que la Naturaleza no nos puede ofrecer nada más bello que la nada.

Robespierre
Discurso del Ser Supremo, fragmentos contra Fouché.

Si no fuera porque las etiquetas cada vez me incomodan más –esas conceptualizaciones demasiado cómodas, fáciles de usar y que la mayor parte de las veces nos disculpan de hacer el esfuerzo de pensar de una forma más rica ¡y claro, más difícil!, la realidad– estaría de acuerdo en aceptar que la película de los hermanos Coen No country for old men es un buen thriller.

No sé cuáles son las formas especificas del género más allá del suspenso, el héroe que lucha contra el villano, de las generosas dosis de peligro, crimen, violencia y horror. Ignoro de técnicas de narración cinematográfica pero me parece que esta película las cubre a cabalidad. Pero como toda gran obra esta no se limita a ser buena en un género, no propone una lectura única como sugeriría la etiqueta. Creo que una visión metafísica de raigambre trágica es un horizonte desde el que se articula la narración más evidente.

Ese horizonte es también thriller, es decir, nos produce emoción y sobre todo estremecimiento, pero no por la primera mirada –que de por sí lo hace magistralmente- sino por algo más profundo y fundamental que está en un segundo plano: lo absurdo, caótico, vacío y trágico de lo real. Concentrado en Chigurh, el personaje de Bardem, pero esparcido por toda la película, se nos hace patente que respecto a la realidad todas las previsiones, esfuerzos por comprenderla, controlarla, darle algún sentido, pedir justicia y finalmente, suprimirla -si es necesario- para lograr nuestra paz, bienestar y cordura, son estériles, limitados, apenas gestos en la arena que se esfuman rápidamente. Son construcciones desvencijadas y efímeras que intentar soportar de distintas maneras la aridez y desamparo del mundo, hecho metáfora en los desiertos donde se desarrolla la película.

Esa mirada trágica se expresa en el tratamiento que hacen los directores de la muerte. A través de la impasibilidad, la lógica absurda, la insana persistencia de un psicópata, nos recuerdan que la muerte es soberana en este mundo ¿no es acaso así? ¿No sabemos -y para vivir hacemos todos los esfuerzos por olvidarlo- qué siempre está a nuestro lado, qué no le podemos huir, qué ella pone la hora y el lugar para la cita definitiva, arreglada bajo la lógica del azar, qué poco a poco la vamos alimentando, qué no necesita de excusas ni justificaciones?

Aumentado e intensificado por la trama delincuencial, sabemos que el mundo mostrado por los directores es nuestro mundo, que el caos lo gobierna y la mayoría de las veces la violencia es su tono dominante. Qué todo, en especial la riqueza, el bienestar y la felicidad, son circunstanciales, frágiles, inasibles, apenas destellos -¡pero cuánto brillan, nos iluminan y enceguecen a veces!- contra el fondo oscuro de la nada.

Uno de los detalles magistrales de los hermanos Coen es la ausencia de una explicación o justificación trascendental: sea religiosa, mágica, estética e incluso teórica. El mundo se muestra plano, sin signos dados ni orden, en fin, sin certezas que acompañen y garanticen un final feliz o expliquen el dolor, simplemente no las hay, sólo contamos con las nuestras y sabemos cuán provisionales son. Pero, además, sin un lugar a donde mirar, buscando consuelo o refugio fuera de ese mundo, él es todo, es silencioso y nada más.

Los Coen muestran con virtuosismo, a través de los personajes, la posición ante ese mundo y la muerte: si lo encaramos, nos mentimos pretendiendo ignorarlo, nos hundimos en su portentoso torrente, dispuestos a ahogarnos con impúdico cinismo o ser concientes de ello y vivirlo, con cautela, en esa actitud de una lúcida aceptación aunque inconforme, no resignada, sin simpatías o pactos con él.

No es casual, que sea Bell (Tommy Lee Jones) un sheriff a punto de retirarse quién encarne esa mirada que muestra sorpresa, horror, desaliento, incomprensión y melancolía sin esperanzas, sin certezas y que encuentra consuelo en el old-time way y en la evanescencia de los sueños. Llewelyn (Josh Brolin) valiente, heroico, que infructuosamente tratará de enfrentar la realidad, parcialmente la sortea, pero finalmente sucumbirá a ella. Wells (Woody Harrelson) junto al absurdo ejecutivo de escritorio y otros que pretenden manejarla, controlarla y usarla a su interés. Los personajes anónimos como los traficantes o la mujer en la piscina, tan sumidos en ese caudal que apenas lo barruntan y, finalmente, Carla Jean (Kelly Mcdonald) con la frágil pero clara conciencia sobre el mundo, con la certeza trágica del triunfo de la muerte y proclamando, sin dramatismo, su crueldad, sinsentido e injusticia.

Los Coen nos proponen en su película distinguir entre la ficción y la realidad, pero esa distinción no pasa a través su excelente film y la realidad fuera de la sala de proyección, sino de nuestra feliz y amable visión ideológica contra la árida, terrible, a veces hermosa y acerada limpidez del mundo.

sábado, 6 de octubre de 2007

Prejuicios y principio de caridad

Una de las más importantes enseñanzas de la hermenéutica filosófica es que en la comprensión inevitablemente partimos de prejuicios. Estos son presupuestos con los que abordamos, por ejemplo, un texto o una conversación. La racionalidad pondrá en tensión esos prejuicios y a medida que avanzamos en la comprensión algunos de ellos encontrarán justificación y otros serán abandonados. Nunca partimos, como en ciertos “ideales” metodológicos de la ciencia, de un punto imparcial, purificado de todo prejuicio, aséptico… Ni llegamos a él. El final (no definitivo, sino parcial) es el resultado de haber confrontado nuestros prejuicios de partida mediante el diálogo que se ha generado con el otro (el autor o interlocutor). El resultado es que nos encontramos en una posición distinta a la inicial, ciertamente más enriquecida para nosotros y los otros. Ello es solo el principio de una nueva interpretación de un nuevo diálogo y así continuamente.
De modo que el prejuicio siempre está ahí, el asunto es cómo lo consideramos, si lo abrimos al diálogo racional o lo mantenemos impermeable e inamovible, si somos más o menos concientes de él o no lo percibimos, si asumimos que es un punto de partida y no de llegada.
El viernes 29 de septiembre tuve varias experiencias con los prejuicios, los míos y los de otros, en el comienzo del ciclo de conferencias que organiza el Vicerrectorado Académico acerca de la reforma constitucional. En las primeras de cambio se confirmó el primero que traía: iba ser un encuentro entre opositores donde se iban a reafirmar, dentro de casa, entre amigos - de nuevo, sí de nuevo – por qué la reforma es un esperpento, una mera estratagema, un engaño. Más de lo mismo. Con el detalle que no era una reunión de amigos sino un espacio académico, abarrotado de estudiantes y que, durante el tiempo que estuve, no escuché ninguna pregunta que se hicieran los sesudos exponentes a sí mismos, acerca de por qué mucha gente apoya esa reforma o por qué si, según un panelista, entre formas de gobierno (con sus respectivas constituciones) que tipificó como tiránicas, democrático sociales, o socialistas (democracias populares al estilo del socialismo real de la Unión Soviética), al menos por estos lados, la cosa parece más bien revuelta, entremezclada y donde el modelo de las democracias sociales ha fracasado tan estrepitosamente. Nada, sobre eso silencio.
Pero el prejuicio más nocivo, precisamente por impermeable e inconmovible, en el que se amurallan chavistas y opositores, cambiando de signos y de consignas, es la incomprensión de los otros. Según los prejuicios de la oposición, los que apoyan la reforma son tarifados, están “comiendo” en el gobierno, son corruptos, o en el mejor de los casos, creen con fe de carbonero en Chávez y lo que el dice es santa palabra o –pobrecitos- están embobados por ese encantador de serpientes. No se piensa que a lo mejor tienen razones comprensibles, argumentos que soportan sus creencias y que, a lo mejor, en muchos, no todo es la conveniencia más egoísta y vil, el compinchaje, o la fe de la manada en el líder. Del otro extremo, el pensar que cualquiera que pretenda el cambio de una coma en el proyecto de reforma, es sospechoso de traición, de reaccionario, cómplice de oscuros intereses, golpista, mal intencionado o, también en el mejor de los casos, engañado por las matrices mediáticas. Pero casi ninguna sospecha de que hay algunas razones nacidas de la propia cabeza (o de otros, pero pensadas como propias), que se asumen honestamente y que van desde el desacuerdo rotundo a la crítica de aspectos de la reforma con los que se disiente sin desmedro de otros acuerdos.
De la filosofía analítica nos viene una aproximación o comprensión de las ideas o creencias de los otros que se denomina “principio de caridad” según el cuál, a pesar de los posibles desacuerdos, debemos pensar que lo que dicen los otros está soportado por argumentos y que eventualmente, si nos parecen irracionales, a lo mejor es que no los comprendemos bien, no los entendemos aunque estén ahí. En fin, nos pide suponer que lo que el otro cree posee alguna racionalidad aunque no se nos haga patente de forma clara. Aunque este “principio de caridad” prima facie parezca una ingenuidad, examinándolo con cuidado no lo es tanto, veamos.
El problema es el de la generalización: al menos que pensemos que todos los opositores o chavistas son sacados del mismo molde, debemos aceptar que cada uno es distinto, de modo que si conocemos las ideas de uno o sus motivos, proyectarlas a todos parece más o menos abusivo. Por otra parte, no tenemos conocimiento de lo que piensan todos o grupos muy grandes (en nuestro país hablamos de unos cuantos millones de personas de lado y lado), así que decir que son de tal o cual manera, que actúan todos de la misma forma y bajo los mismos argumentos parece igualmente exagerado, por no decir estúpido e inmoral. Tal vez nos quede suponer que son como nosotros, que tienen razones aunque distintas a las nuestras, con las cuales toman decisiones y se comportan de cierta manera. Es un supuesto, pero acaso uno que garantice si bien no el acuerdo, sí al menos conocer las diferencias, argumentarlas y entenderlas. Solamente mediante un diálogo donde se intercambien argumentos de la forma más racional posible, podemos convertir al otro, no en el infierno que decía Sartre, sino en un igual, aunque distinto.

viernes, 8 de junio de 2007

… guónnn

Es una escena típica: dos chamos se encuentran y uno puede comenzar a escuchar un reiterado guónnn con algunas otras palabras. Lo que aparentemente parece ser una pobreza de lenguaje es realmente una muestra de debilidad mental. Hoy los dirigentes más notorios del movimiento estudiantil mostraron una estupidez similar. Sólo les faltó el guónnn.
El movimiento estudiantil había conseguido lo que creo es un hecho único en la historia del país: que líderes de un movimiento estudiantil de oposición tuviesen, en esa condición, posibilidad de dirigirse no solamente a la Asamblea Nacional sino a la nación entera “Defendemos la libertad de expresión y no aceptamos salir en una cadena, guónnn.” Hasta hace una semana pedían que les recibieran un documento en la Asamblea, desde ayer tenían la oportunidad de expresarse, de ser voz del movimiento estudiantil y de buena parte de la oposición, desde la que posiblemente sea la más importante tribuna política del país. Sin embargo, lo echaron por la borda, abandonaron ese espacio que habían logrado.
“Estábamos en desventaja, los estudiantes a favor del régimen tuvieron unas preferencias que no nos dieron a nosotros, estábamos en minoría, guónnn”: ¡claro que lo están compañeros! Pero eso, con una intervención firme, adecuada, ha podido sentar una victoria importante. En ese mismo espacio dos miembros del viejo Congreso Nacional (Aristóbulo Isturiz y Rafael Caldera) fueron los únicos que plantaron su voz frente a una mayoría aplastante - cuando el Congreso se reunió el cuatro de febrero de 1992 – y sentaron una opinión distinta. Mucha de la historia siguiente del país algo debe a ese gesto. No existen espacios impolutos, ideales en la política, por ello hay que aprovecharlos al máximo, dar la pelea, defenderlos cuando se consiguen.
“No veníamos a debatir sino a ejercer un derecho de palabra, guónnn” Compañerito ¡si el debate es la sal de la política, de la vida pública! ¿No se acuerdan de la Atenas de la antigüedad? ¿del zoon politikón? De lo que se trata es precisamente de enfrentar las ideas. Eso que desde hace años no ha sucedido en este país, que tanta falta nos hace y los “líderes” de los estudiantes se retiraron sin dialogar con sus pares y con los diputados de la Asamblea. Relacionado con lo anterior: “No queremos la división, todos somos estudiantes, guónnn” ¡Pero así es el mapa político del país! Actuar en él, reconocerlo y tratar de cambiarlo es en lo que consiste la política.
Esta breve e incompleta discusión de algunos de los muy pobres argumentos que esgrimieron los “líderes” del movimiento estudiantil, muestra una perversa concepción de la participación pública como no política, “principista” y “aséptica”. Una conducta idiota.
Y sin embargo… Creo en la auténtica indignación que a grandes sectores de la población, y a los estudiantes en especial, los motivaron a protestar, a elevar su voz, a salir a la calle. Alguno de esos motivos los comparto y otros no. Me parece que a la gran mayoría de ellos los empujan sinceras ideas morales y una sed inmensa de participar, de actuar en el país. Pero estos líderes puede que estén en algo más, tal vez no sea mera estupidez. Este acto de hoy se parece demasiado al retirarse de las elecciones legislativas del 2005 y otras “tácticas y estrategias” delirantes del liderazgo de la oposición, que no solamente no han logrado uno solo de sus objetivos, sino que ha hundido en un foso dificilísimo de superar al movimiento opositor. Ellos son responsables de la frustración de millones de personas. Los estudiantes deberían pensar en esto y evaluar el papel de sus dirigentes, sea mera idiotez o una agenda política oculta, conocer sus vínculos políticos y examinar sus acciones, no es poco lo que se están jugando.

domingo, 3 de junio de 2007

Estudiantes

A todos nos agarró de sorpresa. Los estudiantes, que individualmente han tenido una posición política, diversa en cada quién, salieron ahora como grupo a expresar sus ideas y a reclamar. Lo que expresan y reclaman, sus tonos, es diverso pero están claras algunas cosas: en contra de la no renovación de la concesión a RCTV, por la libertad de expresión y ahora por reivindicar su autonomía y el derecho a la protesta. Sorprende como rápidamente se han articulado, han surgido líderes, cobra cada vez más fuerza.
Hay que dejar claras algunas ideas que nos pueden producir una imagen deformada de lo que sucede. La primera es la manipulación. Los que hemos pasado por las aulas de la universidad y hecho política en sus pasillos sabemos que ésta siempre se articula con referencias externas, la mayoría de las veces con partidos políticos y atendiendo a la vez problemas internos ¡y esto no es un pecado por dios! Eso sí, como siempre hay que saber que eso sucede, conocer quienes de los líderes siguen a quién, cuales son los motivos y las razones de quienes promueven las acciones, escriben los documentos, dan discursos, para reclamar cuando se considera que es ilegítimo, cuando hay intensiones ocultas, que ¡ojo! las hay. Autonomía no significa negación de nexos con lo de afuera – ya sea a nivel individual o como movimiento estudiantil – sino el que sean conocidos, elaborada la forma en que nos afectan, discutidos y finalmente aceptados o no. Los estudiantes a favor del proceso lo tienen muy claro ¿igualmente lo tienen los que están protestando? Parece que es una labor a hacer.
Relacionado con lo anterior está el mito, sobre todo del lado de la oposición, de la “pureza” de la protesta estudiantil. Los estudiantes como cualquiera están mediados por ideas políticas, por visiones del mundo, por posiciones … En fin, tienen una ideología. Pudiera ser que, como mucho de lo que sucede a esa edad y en esa condición, al estar formándose, esas posiciones estén elaborándose, revisándose o logrando una consolidación. Pero suponer que son virginales, que no hay intereses, que son acciones realizadas desde un edén sin ningún cálculo no solo es falso sino un claro engaño (¿de quién, a quién?). De nuevo no se trata de pretender defender la castidad de una posición, sino reconocer de que fuentes y como se alimenta la mentalidad de los que ahora, desde las aulas universitarias, están en la calle.
Parte de esa ideología no conciente, de una posición política no asumida ni revisada es el desprecio a los partidos y a la política. Seguramente mucho de los jóvenes nacieron y mamaron desde pequeños con la muy política y perversa idea de que los políticos, los partidos políticos y el mismo Estado son corruptos, ineptos e innecesarios, que solo los técnicos bastaban y ahorraban al país empantanarse en la fetidez del político, sus argucias y componendas. Como sabemos, esa posición que se impuso a la sociedad, propia de una derecha con un proyecto de país claro (“La generación de relevo y el estado omnipotente” de Marcel Granier) fue responsable de mucho de lo que aquí ha pasado, desde la llegada al poder de Chávez, hasta su propia derrota al pretenderse una opción política clara en el paro petrolero (“todas las decisiones ahora van a pasar por aquí” decía palabras más o menos en aquel momento un envalentonado Juan Fernández). Hacer un esfuerzo por desenmascararla y que los estudiantes asuman claramente y responsablemente la política, los partidos los hará verdaderamente ciudadanos, les dará mayor claridad.
En vista de ello los estudiantes que apoyan a Chávez, revolucionarios como piden que se les llame, merecen un reconocimiento y seguramente una disculpa de muchos, incluso de quienes son sus profesores. Ellos están bastante claros de su posición política, de sus vínculos con otras instancias - como el gobierno - y la asumen vehementemente. Llamarlos por ello “tarifados”, “estudiantes devenidos en funcionarios” es una falta de respeto y una “incomprensión” de mala fe. No lo están menos que, por ejemplo, los líderes estudiantiles de la oposición, que sin embargo ocultan y desde afuera niegan o hacen poco claros, los nexos que legítimamente tienen con sectores políticos de la oposición nacional.
Lo que sí es una distinción más clara y que pone en un aprieto a los estudiantes revolucionarios es la relación de sus compañeros de oposición respecto al poder. Estos últimos realizan una necesidad fundamental de la sociedad, en la que son actores privilegiados como es la lucha contra el poder. Y no se trata de la lucha gobierno oposición, sino la más radical de los sujetos contra el poder (también el poder económico, religioso, estético, académico) dónde se mezclan libertad, imaginación, rompimiento de códigos, irrupción contra el estatus quo, rebelión contra los símbolos de lo establecido. Acaso parezca más brumosa, demasiado etérea pero es más esencial. Los estudiantes de oposición deberían apuntar hacia allá, e insurgir no solamente contra esa forma muy obvia del ejercicio del poder como es el Estado, sino también con las menos evidentes, pero no menos poderosas, como el económico (sí, Marcel y RCTV son una forma clara del poder, no solo económico, sino político que jugó pesado y perdió), social, entre otros y, bajo ese impulso, motivar también a sus compañeros revolucionarios a serlo de forma más radical, no solamente revolucionando estructuras políticas, económicas, jurídicas y sociales del país, sino dentro del mismo proceso dónde son demasiado evidentes las constelaciones de poder que se han cristalizado en lo que debería ser mayor y más fluidez.

miércoles, 23 de mayo de 2007

El Dios Idiota

El dios idiota

La vida es un cuento, relatado por un idiota, llena de ruido y furor y que nada significa
Shakespeare

Quería dedicar estas líneas a una explicación sobre nuestro burdo dualismo chavismo - oposición. Pretendía recurrir a dos interpretaciones. La primera mera estupidez, negación a razonar seriamente, a asumir la dificultad de pensar la realidad. Flojera de ejercer una racionalidad robusta, necesaria no sólo en el comprender, sino para realizar prácticas sensatas en las que se vayan articulando la complejidad y no la búsqueda de salidas fáciles, rápidas, absurdas. El otro modelo era patológico: los extremos han perdido el “sentido de realidad” y traspasando la neurosis colectiva que consiste en negar el aspecto de lo real que angustia, se trata de una verdadera psicosis, donde no sólo se niega la realidad sino se trata de reconstruirla en buena medida a fuerza de falsificarla... así sea mediante el delirio.
Pero pensando un poco más el asunto y saltando los límites de nuestra cotidianidad creo haberme topado con una tendencia que se va colando en todo y en todos. Hay algo de las dos explicaciones: un ablandamiento no sólo de la razón, sino de la voluntad, de las pasiones, del sentido estético, de la imaginación. No hay una orgánica relación entre ellos sino de la bárbara –y por supuesto inmoral- sumisión aislada a uno cualquiera. Cada vez encuentro menos personas, obras, hechos, cosas, que brillen, que admiren, que eleven. No de otra manera se puede explicar que el amo del mundo sea un señor como W. Bush. Pero también, simultáneamente, está la locura generalizada, la realidad que se escapa a la más básica categoría, que se escurre de cualquier conceptualización. Se trata del manicomio del que huyeron los loqueros. Donde dominan igualmente la sonrisa babeada del idiota y la furia destructiva del psicópata.
Tal estado sólo puede deberse a un relevo de la divinidad. No estamos ya bajo la égida del implacable Yahvé, de la rigurosidad de Alá, la infinita bondad del Cristo o la suprema beatitud de Buda. No, nuestro dios debe ser un idiota. Cuándo comenzó su reinado lo ignoro, pero sí tengo la certeza de que cada vez, con mayor determinación, va impregnando la realidad de sus modos, de sus formas. Sus principales conversiones son buena parte de la alta política mundial, la alta - media - minúscula nuestra, la mayoría de los medios (radio, TV, cine: Hollywood, el bobísimo y simplote Hollywood), la mollera de casi toda la gente, el arte, no conozco otras, pero casi toda la academia venezolana. Sus creyentes están formados por inmensos rebaños de bobina complacencia o resignación.
Sin embargo no le resultará tan fácil la sumisión absoluta, hay una oposición (¿acaso demoníaca?) : Ella que me permite invadir, al convocar su diáfana risa, su lúcida soledad, la generosidad y vuelo alto del profesor Heymann, Beethoven donde sea, la resistencia de mi padre, El Avila, l’espirit de finesse de Fernando, Sábato, la pasión de algunos de mis alumnos. Son una desordenada revista y un mínimo inventario de certezas frente a la nueva era del reblandecimiento, del cielo de gelatina.
Evoco esta absurda teología como recurso para explicar la marcha al garete del mundo, porque me es imposible pensar que nosotros, humanidad de comienzos de siglo XXI, con el trajinado y arduo pasado, con una vastedad de recursos, con un derecho de aspirar a lo extraordinario, por nuestro propio paso hayamos terminado en este laberinto. No lo creo, la culpa ha de ser de otro.

Crítica, o la carta a un amigo opositor

Apreciado Amigo:

Como me pasa siempre soy lento en leer, en pensar, en crear conceptos apropiados. Hemos conversado mucho sobre las actitudes hacia este gobierno y por distinta que sean nuestras perspectivas terminamos estando de acuerdo en una cosa que me parece esencial: ser críticos ante el poder y sus artilugios. Pero, al fin, se me ha hecho más o menos clara la perspectiva sobre lo poco convincentes y parciales de las opiniones que tu y otros expertos hacen sobre el “proceso”, las políticas públicas… y Chávez.
Max Weber señalaba que la objetividad no supone la neutralidad del sujeto, no se logra segregando los valores y comprendiendo la “realidad en sí” tal como es. Eso no existe y la verdadera objetividad está en conocer y reconocer los valores – inevitables – desde los cuales pensamos lo real. Ellos son teóricos, éticos, morales, políticos, estéticos y religiosos y son irrenunciables en nosotros. No se pueden evitar, guían y construyen nuestras opiniones y lo adecuado es hacerlos concientes, saber (y hacerles saber a otros) cuáles nuestras posiciones, desde donde pensamos la realidad. Además, también hay que hacer el ejercicio de reconocer la intención de lo que pretendemos con lo que decimos: si estamos expresando nuestra opinión personal, sentimientos ante hechos o estamos haciendo teoría sobre la realidad. Confundirlas metiendo de contrabando, por ejemplo, actitudes expresivas en un discurso teórico es hacer trampa.
Se trata pues de ser críticos, pero además de esa que coincidimos en hacer al poder, también ser críticos hacía sí mismos. Ya el viejo Kant sabía que la crítica, para ser efectiva, debe ser primero hacia sí. Se trata de conocer las capacidades, los límites y usos adecuados que hacemos de la razón. Sin ese primer paso, se deja abierta la posibilidad de cualquier cosa.
En la mayoría de las opiniones profesionales “técnicas” o “informadas” que se hacen desde la oposición, son demasiado evidentes las premisas desde donde se construyen y las intenciones que tienen. Para cualquiera que los vea es clara su “molestia” – por decir lo menos – hacia Chávez, su desagrado hacia lo que hace este gobierno. Eso es totalmente válido, el asunto es que una crítica “informada” debería tener otras premisas, pretender otros objetivos y no la expresión de una subjetividad con la forma de argumentos teóricos.
En un ambiente tan mediatizado como el nuestro, tan parcializado y tan enfermo comenzar desde esa posición, absolutamente válida por demás, parece poco productivo. En efecto, los que comparten tu posición se sentirán identificados, complacidos. Pero los “otros” - la mayoría en nuestro país – verán una nueva forma de expresión de los enemigos del “proceso” y la procesarán en consecuencia, es decir, como de “quienes se oponen a lo que sucede en el país por la única razón de oponerse a Chávez” y dicho lo anterior, no le sobrarán razones. Pero no hay que ser un obsecuente de Chávez. Los que mantenemos una posición crítica pero no partimos desde esa base afectiva, no encontramos en ustedes – como tampoco en los defensores a ultranza del gobierno - interlocutores válidos a la hora de discutir tanto exceso del poder, tanto entuerto a enderezar.
En una sociedad más sana que la nuestra, la discusión racional pondría aclarar esas posiciones, poniendo al descubierto los valores que muchas veces se nos ocultan a nosotros mismos y poco a poco se iría haciendo un espacio más amplio de objetividad. Pero ese no es obviamente nuestro caso, entre trinchera y trinchera lo que hay es tierra baldía o ese desagradable adjetivo, tanto fonética como semánticamente: Ni – Ni.
No me imagino cuán distinto sería escribir y opinar desde otras premisas, pensar nuestra realidad desde una posición que se permita a sí misma el asombro. Ello no supone complicidad, ni siquiera simpatía, sino tratar de entender este país y para ello hay que entender al otro. Cuánto enriquecería al país sopesar sus motivos, hacer el esfuerzo por explicarle los nuestros (no al periodista amigo o la audiencia favorable) sino a quien realmente debería ser el interlocutor y, para ello, es necesario no pensar a ese otro como “el peor de todos”. Es una idea que te propongo, aunque - como siempre sucede con mis ideas - me parece que esta también ha llegado demasiado tarde.

Un saludo fraterno.

Luis Marciales